Inconscientemente hemos creado un personaje en línea que probablemente no somos nosotros, sino una persona utópica controlada por las redes sociales.

 

 

Nuestro mundo moderno es una casa divertida de espejos que distorsionan nuestro sentido del ser mediante nuestra percepción de los demás.

 

Piensa en cuánto tiempo gastas evaluándote en línea—esos pensamientos que tienes cada vez que navegas por el feed de noticias: Qué cool que esté haciendo eso, piensas, …pero yo no estoy haciéndolo.

 

Tratar al internet como un espejo sólo nos limita a nuestras percepciones dentro él. Cambiamos nuestro estilo, nuestra percepción, y actualizamos nuestros estados cuando miramos algo que no nos gusta en nuestras reflexiones o cuando vemos que otros nos miran fijamente. Cada alteración es después evaluada por nuestra audiencia, que tampoco puede ser lo suficientemente grande. Estos resultados de angustia y aislamiento, y una desaparición de identidad, no como nos sentimos en nuestra propia conciencia sin la web—esos momentos sin internet de pánico existencial estaban esperando aterrizar como un avión, o tomar un baño, o quedarse dormido.

 

Cuando vemos contenido diseñado para influenciarnos, como selfies de momentos supuestamente perfectos, solamente podemos ser insuficientes. El poder de la publicación nos controla por medio de nuestra hambre de una vida que pudo ser la nuestra. El filósofo Jean Baudrillard llama “hiperreal” a este desenfoque de vida real y vida imaginaria, que eventualmente siempre lleva al aburrimiento.

 

¿Suena familiar?

Estas vidas digitales son unas que no podemos vivir. Mientras que son accesibles casi constantemente, son imposibles de accionar, porque son sólo nuestras fantasías intermediadas. Incluso si creemos que es verdad lo que se publica, publicamos y consumimos mediante formas insuficientes—sin la intención o el proceso del creador o sus influencias—y luego quedan con nuestra impresión mezclada con nuestra propia conciencia. Esto lleva a inspiración irritante, una historia imposible, una concientización de nuestra propia escasez.

 

En otras palabras, una crisis existencial tecnológica.

La búsqueda desenfrenada del mejor yo fuera de nosotros está mejor definida por el filósofo del siglo XX, Jacques Lacan. Su concepto del Ideal-I es alguien que aspiras ser pero que nunca podrás serlo. Es el subproducto de reconocerte a ti mismo en el espejo, que viene del resultado de la conciencia de sí mismo.

 

En redes sociales recolectamos esta perfección de seres propios irreales y la curamos—pero no puedes ser el reflejo de alguien más. Así que personificamos. Nos cambiamos a sí mismos, y también comenzamos a proyectarnos como personas que no somos. El ciclo continúa.

 


De esta forma, las redes sociales han hecho nuestros sueños y temores más tangibles y descargables. Actuamos nuestro Ideal-I que tanto anhelamos—tomamos capturas de pantalla y republicamos todas ellas, cada una se siente más real y mejor que la vida actual. Comparado al concepto abstracto de nosotros mismos, esta realidad fabricada es una ilusión de la que tenemos un control. Podemos ser múltiples personas, sobre múltiples canales, incluso al mismo tiempo. Hay muchas maneras de existir en línea que ya no tenemos que ser nosotros mismos.

 

Esta incredulidad está erosionándonos. Nos han dicho que los adolescentes experimentan más ansiedad que nunca. Que el internet causa soledad incurable. Es una cosa alojar personajes en un feed, pero la ilusión de Instagram de que somos nosotros, o son nuestros enemigos, nos hace odiarnos.

 

El internet puede ser un mundo maravilloso. Sólo necesitamos encontrar algo de autocontrol liberándonos de nuestros seres digitales, un concepto escrito recientemente por Nitasha Tiku, de la revista Wired:

 

“Aprendí de estos boletines en Twitter, descubrí podcasts a través de Apple, y leí sobre anonimidad mientras estaba conectada en un navegador Chrome en un iPhone, sin duda ahogada en cookies. Pero cuando cada aspecto de nuestro comportamiento en línea es vigilado y monetizado, el prospecto de vivir limpiamente suena lindo”.

 

Si los portales del mundo digital son tan explotables, pregunta, ¿por qué no crear mejores

Hoy en día en redes sociales, actuamos a personas inertes que, al final, no nos ayudan a convertirnos en lo mejor de lo mejor. Así que tomemos el control, y actuemos como nosotros en lugar de otros. Podemos buscar lo sublime en el único lugar que puede existir—el internet—y probar cómo vivir nuestras vidas. Tal vez en el camino, aprenderemos lo que realmente significa vivir.